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Violencia cotidiana



Todos nosotros sufrimos de alguna manera violencia cotidiana, ya sea dentro del grupo familiar como fuera de él.

La violencia genera violencia, de manera que nosotros también aprendemos a volvernos violentos como los que nos rodean.

No se trata de sufrir golpes solamente sino de recibir maltrato sin haberlo provocado, sólo por tener vínculo o proximidad con personas violentas.

La frialdad, la indiferencia, la falta de comunicación, de afecto y de atenciones, el mal humor y las exigencias, son también formas de violencia que hacen infelices a los que la sufren.

El exceso de trabajo, las agresiones de la gente en la calle, la prisa de los demás que nos arrastran a hacer todas nuestras tareas apurados y sin pausa, nos producen estrés y nos convierten en seres violentos.

La violencia es una defensa contra la depresión porque la frustración puede provocar agresividad y para evitar deprimirse y perder autoestima la gente puede volverse violenta.

Pero también existe la personalidad violenta, la persona irritable, que se excita ante la más leve contrariedad, que se ofende con facilidad y que no admite una manera distinta de pensar.

Al que es violento no le brinda felicidad su actitud pero le da poder cuando comienza a sospechar que está perdiendo influencia y fuerza.

El deseo de dominar a otro, sentirse dueño de las decisiones, someter, rebajarlo y manipularlo encubre los sentimientos de inferioridad de los violentos.

El violento es una persona difícil que se complace en hacer la vida imposible a los demás; se comunica a través del conflicto, es oposicionista, negativo y derrotista y gasta mucha energía en oponer resistencia, provocando malestar y desgaste en las relaciones.

Su palabra preferida es no, nunca está de acuerdo con nada ni con nadie, no apoya ninguna iniciativa, no reconoce ningún mérito, no es capaz de alabar algo aunque le guste, porque para un violento un gesto blando significa debilidad y pérdida de autoridad.

Es inútil tratar de llevarse bien con estas personas, porque son ofensivos e intimidan, se manejan a los gritos y vociferan una catarata de insultos ante cualquier intento de defensa.

El violento es cobarde con sus iguales y difícilmente en esos casos llegue a los hechos, ya que solo se atreve a agredir físicamente a los más débiles; porque no se confronta con alguien de su mismo nivel sino con los seres que considera fáciles de dominar y someter.

El violento es inestable e irónico y tiende a proyectar en el otro sus propias faltas. Confunde por su doble accionar, porque también puede seducir para conseguir sus propósitos obligando al otro a esforzarse más para agradarle.

La violencia cotidiana quita energía para el cumplimiento de las propias metas, porque todas las fuerzas se canalizan en la preocupación por tener que enfrentar diariamente el maltrato, los gritos, los insultos, las amenazas y el miedo a la agresión física.

Es inútil tratar de razonar con alguien violento por eso es mejor no responder con ira aunque intente por todos los medios exceder el límite de la paciencia.

Un violento está buscando la reacción, el enfrentamiento, pero lo más inteligente es bajar el nivel de tensión y calmarlo para poder hablar y convertirse no en su enemigo sino en su aliado.

Es importante hablar en el momento adecuado para intentar frenar la violencia pero no durante una discusión sino cuando se ha recuperado la tranquilidad y el equilibrio.

Lo más saludable para tratar con personas violentas es saber callar en el momento de crisis, pero también saber hablar cuando es oportuno.

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