6 de septiembre de 2011

La Depresión y la Violencia


Somos ganadores desde que fuimos concebidos, porque a millones de espermatozoides que corrían la misma carrera los vencimos.


En los varones, la depresión puede expresarse a través de la violencia, afirma el Dr. Luis Hornstein, Psiquiatra y Psicoanalista, autor del libro Las Depresiones y presidente de la Fundación para el Estudio de la Depresión.

Tradicionalmente las mujeres van a la vanguardia en cuanto a la tendencia a sufrir depresiones en el transcurso de su vida, con la ventaja que son más capaces de pedir ayuda y de expresar sus emociones, pero actualmente las estadísticas señalan iguales posibilidades para ambos sexos.

En la Argentina, el Dr. Hornstein, asegura que también ocurre en la Argentina, a pesar de la renuencia de los hombres a expresar sus emociones y mostrarse vulnerables a la hora de sentir tristeza.

Los hombres consultan generalmente por malestares físicos asociados y el estado depresivo recién se nota cuando ya no dan más, pero las estadísticas demuestran que los varones mueren también alrededor de siete años antes que las mujeres con diferentes patologías, como la enfermedad coronaria, que se relaciona con la depresión.

En su libro el Dr. Hornstein describe al depresivo característico como una persona quebrada, abrumada por el pesimismo, agobiada por una cansada sucesión de rutinas y pesares, pero también señala a la irritabilidad y las adicciones como propias de la depresión masculina.

No es que los hombres sufran menos depresión que las mujeres sino que la manifiestan de manera diferente. En muchos de ellos esta enfermedad está enmascarada, con una actitud que lo hace sumergirse en el ruido de la violencia en lugar de recluirse en la soledad abatido.

Parecería que lo que las mujeres pueden decir con palabras el hombre lo pueda decir sólo con el cuerpo.

La expectativa de rol de un hombre en esta sociedad no contempla que pueda expresar psicológicamente sus sentimientos. En el trabajo no se acepta como normal que un hombre se muestre conmovido por una emoción, negándosele el derecho a expresar sus afectos.

La base de la depresión es la pérdida de autoestima cuando la imagen de si mismo no coincide con la persona que se es en realidad.

El disparador suele ser una gran pérdida o una decepción, siempre que estén relacionadas con la propia autoestima, que en el hombre se concentra en lo logros laborales.

Aunque las pérdidas no sean personales y se vinculen a fenómenos colectivos, que arrastran a vastos sectores de la sociedad a una debacle económica que los obliga a modificar sus estilos de vida y su existencia; muchas personas pueden sentirse incapaces de vivir de una manera que no esté de acuerdo a sus aspiraciones, obligadas a renunciar a sus proyectos y a sus sueños, y caen en una depresión.

Esto suele ocurrir también a jóvenes universitarios que se reciben y que no pueden insertarse laboralmente como suponían, después de haber realizado el esfuerzo de estudiar muchos años.

En estos momentos de la vida que se presentan como bisagras que hay que transitar, lo primero que surge en la mayoría es la culpa por la propia responsabilidad en los hechos.

Pero siempre hay otra forma de ver las cosas y es evaluando la verdadera dimensión de lo sucedido y las circunstancias que no necesariamente siempre tienen que ver con la capacidad personal, sino con el contexto.

La tolerancia a la frustración está relacionada con el significado que tenga para el sujeto su trabajo. Si toda su vida está concentrada en ese solo interés, es probable que la respuesta frente a un problema laboral sea una depresión, porque su personalidad se ha construido sobre un eje cuyo valor primordial es el trabajo que es el que sostiene su autoestima.

Si en cambio existen en su vida otros valores significativos, como la familia, proyectos personales, otros intereses y amigos es probable que el efecto de un fracaso laboral no destruya su autovaloración como para provocarle una depresión.

Es importante la posibilidad de trascender las expectativas de roles sociales esquematizados y rígidos que obligan al hombre a luchar por el éxito y a no mostrar sus emociones; y flexibilizarlos, proponiendo un nuevo modelo de masculinidad que permita la sensibilidad afectiva, para no llevar al terreno somático la expresión del sufrimiento.

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