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El llamador de ángeles


CUENTO

María abrió el último cajón de la cómoda de la habitación de sus padres que le quedaba por revisar. Dentro había una caja metálica de esas antiguas que a ella tanto le gustaban que hacía las veces de joyero. La abrió y en su interior encontró un sobre envejecido por el paso del tiempo y una bolsita de raso. Sacó la cuartilla y reconoció la letra de su madre. Una lágrima empezó a deslizarse por su mejilla y leyó despacio:

Querida María:

Cuando leas esta carta será que ya no estoy a tu lado. No llores. Espera…no llores quiero contarte algo. Hace muchos años cuando tu abuela enfermó y yo estaba en el hospital cuidandola y acompañandola, yo estaba a punto de partir para un viaje de 10 días.

Fue duro dejar a mi madre sin saber si cuando volviera ella iba a estar esperándome…Horas antes de partir alguien muy querido para mi me regaló en el hospital esto que llaman ”llamador de ángeles”. Hasta ese momento yo no sabía la historia que le atribuían….pero para mi, tuvo su historia especial. Primero te contaré la que todos conocen

Cuenta la leyenda que unos duendecillos buenos tuvieron que huir de un bosque donde les acechaban peligros. Estos duendes…tenían “entre su grupo de amistades” a unos ángeles los cuales tuvieron el detalle de obsequiarles con un colgante con una bola que tenía dentro unas pequeñas campanillas que le hacían sonar.

Los ángeles les dijeron que cuando se sintieran en peligro o desprotegidos, agitaran la bola y al oír las campanillas ellos acudirían en su ayuda.

Eso sí, les advirtieron que el llamador de ángeles era de uso propio y personal y nunca se debía prestar porque entonces la magia desapareceria. Los duendecillos llamaron a esta bola “llamadores de Ángeles”. “

Y esta es la historia. Pero yo viví una especial. Salí rumbo a ese viaje con un llamador de ángeles colgando de mi cuello. No me lo quité durante los 10 días que allí estuve…¿por qué?

Te dije que estaba en el hospital cuando me lo regalaron. En esos momentos tu abuela no sabíamos bien si nos oía o no…pero cuando vió el llamador….ay, tendrías que haber visto sus ojos…Su mano izquierda lo agarró y no lo soltó durante las horas que estuve allí con ella. Lo movía, lo deslizaba entre sus finos dedos…No parecía mostrar más atención que la de jugar con la extraña bola entre sus dedos.

Ese llamador es este que hoy te llega. El tiempo y las circunstancias hizo que siempre estuviera en esta bolsita de raso en este cajon del joyero…hoy adjunto la carta para que la recibas cuando lo abras porque yo ya no estaré.

Nunca fue de plata y nunca decidí bañarlo en ella para que fuera más hermoso y poder lucirlo…ella lo tocó así, lo mantuvo entre sus dedos así…y así te llega.

Un beso mi amor.

María volcó en su mano el contenido de la bolsita de raso y sobre su palma rodó el descolorido “llamador de ángeles”….y a partir de ese día hizo de él su joya más preciada…

FIN

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