22 de febrero de 2012

EL RESPETO EN LA PAREJA


Para que una relación de pareja funcione, debe estar basada en el amor, la comunicación y el respeto. Cuando comenzamos una relación, es importante, observar una actitud de respeto con nosotros mismos, con nuestra pareja y con la vida en común.

Mantener la pareja. Es fundamental no perderse el respeto aunque surjan diferencias.

Al comienzo de una relación de pareja todo es alegría, diversión, pasión, ilusión... Vemos a la otra persona como un ser maravilloso carente de defectos. Pero, con el paso del tiempo esos sentimientos se reducen y surgen momentos de aburrimiento, rutina, desencanto, incomprensiones, discusiones... Son situaciones que forman parte de la vida en común y a los que no hay que temer cuando se trata de una relación sólida.

Es natural que tarde o temprano aparezcan enfrentamientos y malos momentos. Por lo general, le ocurre a personas que poseen formas de ser diferentes y, por muy enamorados que estén, es normal que surjan diferencias entre ellos. Lo fundamental, es que aunque existan diferencias y malos momentos, nunca lleguen a perderse el respeto.

Las parejas deben hacer una distinción entre su vida personal, la del otro y la vida que tienen en común. Al formar una relación, no debemos renunciar a uno como ser individual que somos y dedicarnos exclusivamente a la otra persona. Eso, sería un gran error que no sólo nos afectaría a nosotros mismos, sino también a nuestra relación de pareja.

Para mantener una buena relación, es esencial que la vida particular de cada uno, sea aceptada y respetada por el otro.


Respeto hacia uno mismo.


Cuando nos enamoramos, entendemos que debe haber respeto hacia el cónyuge. Sin embargo, no tenemos tan claro la importancia del respeto hacia uno mismo.

Respetarse uno mismo ante su pareja significa mantener siempre la dignidad, no tolerar que se sobrepasen límites establecidos con anterioridad, no aceptar como bueno aquello que le desagrade y no aceptar nunca maltratos, vejaciones o humillaciones, ni justificar en ningún momento, esa conducta de su cónyuge pensando que a pesar de todo le quiere.

En los momentos de crisis, ambos deben luchar por solucionar los problemas. En algunos casos, la relación puede llegar a una situación en la que sólo uno de los cónyuges sea el que trate de salvarla. Esto ocurre, sobre todo, cuando uno de los dos, se está planteando finalizarla y, ante esa amenaza, el otro hace lo imposible para retener a su pareja, llegando en algunos casos a perder la dignidad, suplicándole y rogándole que no le abandone.

Con esta actitud lo único que se consigue es empeorar la situación, alejando aún más a la persona que se desea retener. La mejor actitud, en esos momentos, es mantenerse firme y con dignidad en lugar de humillarse y suplicar. El respeto hacia uno mismo nos debe llevar a desear que nuestra pareja permanezca con nosotros, sólo y exclusivamente si nos quiere y así lo desea.

Esto no significa que ante estas situaciones dejemos de luchar por nuestra relación. Todo lo contrario, a veces podemos mejorar algo de nosotros o de nuestra forma de comportarnos, que puede hacer que nuestro cónyuge cambie de opinión. Pero lo que no debemos hacer, es intentar retenerlo a la fuerza con súplicas o amenazas.


Respeto hacia el otro.
Respetar a nuestra pareja es aceptar las diferencias personales en cuanto a gustos, ideas, costumbres y formas de entender la vida. Es aceptarla tal y como es, sin intentar cambiar ninguna característica de su personalidad, asumiendo tanto sus cualidades como carencias o defectos. Es mostrar interés por su vida, preocupándonos e interesándonos por su trabajo, familia, proyectos o estado de ánimo.

El respeto también consiste en tratar a nuestra pareja con educación. Debemos dejar que hable sin interrumpirla, y escuchar y mostrar interés por todo lo que dice, transmitiéndole nuestra opinión o discrepando con ella cuando haya terminado de hablar. Es importante dejar que se exprese sin interrupciones.

Las buenas formas son señal de buena educación y respeto. No debemos caer nunca en los insultos o descalificaciones, ni ridiculizar a nuestro cónyuge ni menospreciarlo y mucho menos delante de la gente. Debemos cuidar que el trato que tengamos con nuestra pareja, en ningún momento resulte ofensivo evitando, entre otras cosas, los gritos, insultos o malos gestos.

Respeto hacia la relación de pareja.


Una forma de mostrar respeto a nuestra relación de pareja es cuidándola y esforzándonos para que funcione. Para ello, es fundamental tener una buena comunicación, que nos ayudará a expresar nuestros sentimientos, llegar a un mayor conocimiento de nuestra pareja y del funcionamiento de la relación.

Hemos de tener en cuenta que las personas evolucionan y cambian con el tiempo. Lo que en un principio nos parecía maravilloso, ahora ya no lo es tanto y aquello que tanto nos gustaba de nuestra pareja, puede que ahora sea la causa de conflictos. En definitiva, para poder tener un mayor conocimiento de nuestro cónyuge y de nuestra relación, hemos de tener una comunicación continua y eficaz.

La infidelidad, es una traición y una falta de respeto a un compromiso hecho por la pareja, un compromiso de lealtad sentimental, donde uno se ha comprometido a amar exclusivamente a su cónyuge. Cuando se comete un acto de infidelidad, se está traicionando a la pareja como unidad.

Dª. Trinidad Aparicio Pérez

Psicóloga clínica.

2 comentarios:

  1. Anónimo1:36 p. m.

    Esque los hombres y las mujeres se comunican de manera distinta, y sus necesidades también son diferentes. La mujer quizás anhele expresar sus sentimientos francamente y con frecuencia. En cambio, muchos hombres tratan de preservar la paz arreglando los problemas enseguida y evitando los temas espinosos. Así pues, ¿cómo puede usted cerrar esa brecha y abrir las líneas de comunicación con su cónyuge? La clave está en el respeto.
    La persona respetuosa valora a los demás y procura entender cómo se sienten. Puede que a usted le hayan enseñado desde la infancia a respetar a quienes tienen más autoridad o experiencia. Sin embargo, en el matrimonio la dificultad estriba en respetar a alguien que está en el mismo nivel. Linda, que lleva ocho años casada, comenta: “Felipe escuchaba con paciencia y comprensión a cualquier otra persona. Yo solo quería que fuera igual de comprensivo conmigo”. Es probable que usted escuche atentamente y hable con respeto a sus amigos, e incluso a personas extrañas. Pero ¿trata de la misma forma a su pareja?
    La falta de respeto en el hogar provoca tensiones y amargos conflictos. Un rey sabio escribió una vez: “Más vale comer pan duro y vivir en paz que tener muchas fiestas y vivir peleando” (Proverbios 17:1). La Biblia aconseja al esposo que honre, o respete, a su esposa (1 Pedro 3:7). Igualmente, “la esposa debe tenerle profundo respeto a su esposo” (Efesios 5:33).
    Ahora bien, ¿cómo pueden lograr comunicarse con respeto? Veamos algunos consejos prácticos que da la Biblia.
    Cuando su cónyuge se exprese
    ¿Cuál es el problema?
    A muchas personas les gusta más hablar que escuchar. ¿Es usted una de ellas? La Biblia dice que “responde[r] a un asunto antes de oírlo” es una tontedad (Proverbios 18:13). ¿Por qué es importante escuchar antes de hablar? Tras veintiséis años de matrimonio, Kara explica: “Prefiero que mi esposo no intente arreglar mis problemas en el momento. Ni siquiera espero que esté de acuerdo conmigo ni que se imagine por qué surgieron. Solo necesito que me escuche y comprenda cómo me siento”.
    También está el caso de algunos hombres y mujeres que se sienten incómodos y se cohíben si su pareja los presiona para que se expresen. Lorena, que está recién casada, descubrió que su esposo necesita tomarse su tiempo para hablar de lo que siente. “Tengo que armarme de paciencia y esperar a que él quiera abrirse”, señala ella.
    ¿Cómo resolverlo?
    Si tienen que hablar de algún tema delicado, háganlo cuando estén tranquilos y relajados. ¿Y si al otro le cuesta expresarse? Comprenda que “las intenciones secretas son como aguas profundas” y que el “inteligente sabe descubrirlas” (Proverbios 20:5, VP). Si se saca muy aprisa un cubo de un pozo, se perderá mucha agua. De la misma forma, si apremia demasiado a su cónyuge, es posible que este se ponga a la defensiva y usted pierda la oportunidad de sacar lo que hay en su corazón. En vez de eso, hágale preguntas con amabilidad y respeto, y tenga paciencia si no le expresa sus sentimientos tan rápido como usted quisiera.
    Cuando su pareja hable, sea “presto en cuanto a oír, lento en cuanto a hablar, lento en cuanto a ira” (Santiago 1:19). El buen oyente no solo escucha con los oídos, sino también con el corazón. Por tanto, procure entender los sentimientos de su cónyuge. Este percibirá su respeto —o su falta de respeto— por la forma en que lo escuche.
    Jesús nos enseñó cómo hacerlo. Por ejemplo, cuando un hombre enfermo se le acercó para pedirle ayuda, él no le resolvió de inmediato su problema. Primero lo escuchó, después sintió su angustia en el corazón, y por último lo sanó (Marcos 1:40-42). Trate de seguir también esos tres pasos. Recuerde que lo más probable es que su pareja espere comprensión, no una solución instantánea. De modo que escuche con cuidado, sienta lo que el otro siente, y entonces, solo entonces, piense qué se puede hacer. Así le mostrará verdadero respeto.

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  2. Anónimo1:40 p. m.

    Cuando usted se exprese
    ¿Cuál es el problema?
    “En las comedias de televisión es algo muy normal criticar, insultar y hablar con sarcasmo al cónyuge”, comenta Linda, citada antes. Además, muchas personas crecen en hogares donde nadie se habla con respeto. Y cuando se casan y forman su propia familia, les cuesta evitar ese patrón de comportamiento. Ivy, que vive en Canadá, confiesa: “Me crié en un ambiente donde las burlas, los gritos y los apodos despectivos eran el pan de cada día”.
    ¿Cómo resolverlo?
    Asegúrese de que cuanto diga de su cónyuge “sea bueno para edificación según haya necesidad, para que imparta lo que sea favorable a los oyentes” (Efesios 4:29). Dicho de otro modo, sus palabras deben transmitir una imagen favorable de su pareja.
    Incluso cuando estén a solas, no caiga en la tentación de usar lenguaje hiriente u ofensivo. En el antiguo Israel, Mical se enfadó con su esposo, el rey David, y con desprecio le dijo que se había portado “como uno de los casquivanos”. Al llamarlo casquivano, o alocado, no solo ofendió a su esposo, sino que también desagradó a Dios (2 Samuel 6:20-23). ¿Cuál es la lección? Cuando hable con su cónyuge, preste atención a lo que dice (Colosenses 4:6, nota). Felipe, que lleva ocho años casado, reconoce que él y su esposa aún tienen desacuerdos. Se ha dado cuenta de que, a veces, sus comentarios solo empeoran las cosas: “He aprendido que ‘ganar’ una discusión es realmente una derrota. Es mucho mejor hacer lo posible por llevarnos bien”.
    Una viuda anciana de tiempos antiguos animó a sus nueras a hallar “un lugar de descanso, cada cual en la casa de su esposo” (Rut 1:9). Cuando los cónyuges se tratan con dignidad, hacen de su hogar “un lugar de descanso”.
    ¿Por qué no intenta esto? Siéntese con su cónyuge para analizar los consejos de este subtítulo. Pregúntele: “Cuando hablo de ti en público, ¿sientes que te halago, o que te humillo? ¿Te parece que puedo mejorar?”. Entonces escuche bien lo que el otro diga y siga sus sugerencias.
    Reconozcan que no son iguales
    ¿Cuál es el problema?
    Algunos recién casados creen erróneamente que como la Biblia dice que son “una sola carne”, los dos han de tener la misma opinión y personalidad (Mateo 19:5). Sin embargo, no tardan en descubrir que esa idea no es así. Al poco tiempo, sus diferencias provocan frecuentes discusiones. Linda explica: “Algo en lo que Felipe y yo somos muy distintos es que él se preocupa menos por las cosas. A veces está tan tranquilo mientras yo me muero de angustia, así que termino enojándome porque me parece que el asunto no le importa tanto como a mí”.
    ¿Cómo resolverlo?
    Acéptense el uno al otro como son y respeten sus diferencias. Para ilustrarlo: la vista y el oído no tienen la misma función; sin embargo, ambos sentidos se complementan para que podamos cruzar la calle sin percances. Después de casi treinta años de matrimonio, Adriana comenta: “Siempre que nuestros puntos de vista no sean contrarios a la Palabra de Dios, aceptamos que puedan diferir. Al fin y al cabo, estamos casados, no clonados”.
    Cuando su pareja opine o reaccione de forma distinta a usted, tenga en cuenta los sentimientos del otro y no se centre en los suyos (Filipenses 2:4) y respete su opinion. Fabián, el esposo de Adriana, admite: “No siempre entiendo ni comparto el parecer de mi esposa. Pero me recuerdo a mí mismo que mi amor por ella pesa mucho más que mi opinión. Si ella está contenta, yo también lo estoy”.
    ¿Por qué no intenta esto? Haga una lista de los aspectos en que la opinión de su cónyuge o su forma de manejar las cosas sea superior a la suya (Filipenses 2:3).

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