13 de enero de 2013

Excusas excusas, excusas…




Las excusas son la razón fundamental de la inacción, son como cuchillos que utilizamos para pinchar los salvavidas que nos tiran los demás, las máscaras con las cuales nos ocultamos, las muletas sobre las que nos apoyamos.

Confiamos en las excusas para evitar los riesgos, para explicar el fracaso, para resistirnos a los cambios, para proteger nuestro amor propio. La excusa es una forma de decir: “No es culpa mía”.

Es curioso, pero la inteligencia no es una defensa contra las excusas. Las personas más brillantes no utilizan necesariamente sus altos coeficientes intelectuales para comprender y resolver sus malos hábitos emocionales. Sólo tienen más imaginación para buscar excusas que les sirvan para seguir con la antigua conducta.

Es cierto que no es fácil abandonar las cómodas coartadas. Cuando temes salir de la cama por la mañana, intentarás miles de razones por las cuales no puedes presentarte a esa entrevista de trabajo o comenzar a buscar un nuevo departamento. La inercia te mantiene en un mar de apatía. La fuerza de la gravedad emocional te obliga a permanecer allí.

Superar la inercia significa ir directamente en contra de tus sentimientos.
Significa que si te sentís rechazado, debes permanecer allí y arriesgarte a que te rechacen de nuevo. Si eres tímido, debes fingir ser más atrevido de lo que eres. Si te sientes impotente, necesitas actuar como si pudieras controlar tu vida. Todo esto es muy difícil.

Sin embargo, si podemos salvar el primer obstáculo y despertar de nuestro letargo, podemos invertir la gravedad emocional. Podemos hacer que funcione a nuestro favor y no en contra. Si nos obligamos, por muy deprimidos que estemos, a ir a una fiesta, es probable que en algún momento nos sorprendamos charlando animadamente y nos olvidemos de nuestra depresión. La sociabilidad desplaza a la tristeza. La mente no puede contener las dos actitudes a la vez, por lo menos no con la misma intensidad. Si nos obligamos a hacer un curso de navegación, o comenzamos a estudiar italiano para hacer un viaje el año próximo, o empezamos a pintar esa horrible cocina marrón, por lo menos durante algunas horas no tendremos tiempo para acordarnos de nuestra negatividad.

Comprometernos, involucrarnos, obligarnos: son los mejores remedios para combatir la parálisis emocional. La naturaleza nos creó para ser criaturas curiosas, inquietas, creativas. El estado de inercia no es el normal. Las excusas nos mantienen inertes. El truco para dejar de poner excusas consiste simplemente en dejar de ponerlas. En establecer un límite.

Dicen que el infierno está empedrado de buenas intenciones: las excusas son las piedras que cubren el pavimento.

Las excusan nos detienen, no nos dejan avanzar. Sin darnos cuenta empezamos a justificarnos, y de excusa en excusa estamos detenidos en la misma estación todo el tiempo. Y por las ventanillas la vida sigue. En cada estación existen momentos nuevos, diferentes, llenos de magia como así también otros que tal vez no nos gustan pero que forman parte de la vida. ¿Y nosotros?

Estamos en el tren de la vida, en el último vagón, no tenemos boleto y es por eso que el viaje no es tan lindo, ¿no vale la pena no?. Viajamos acostados y claro no tiene asientos ese vagón. Estamos encerrados, no se ve nada… y claro no tiene ventanillas y de pronto de excusa en excusa sentimos la sirena del tren que se marcha y ese vagón queda perdido en la vía y ahí en esa oscuridad estamos nosotros… de excusa en excusa seguimos detenidos en un lugar que es siempre el mismo.

…Y si decidimos dejar las excusas de lado y abandonamos ese vagón y corremos aunque nos duelan las piernas hasta la próxima estación, y sacamos el boleto, y nos subimos a ese tren, y nos sentamos cerca de la ventanilla, y giramos la cabeza y vemos que hay un mundo afuera que está esperando que nosotros formemos parte de él…

Vamos… escucho la sirena… en la próxima estación leé el cartel que te da la bienvenida… y detené tu mirada en aquel vagón que dejaste atrás. En él quedaron encerrados miles de momentos que ya no volverán: decile adiós porque algún día vas a comprender que de excusa en excusa se te va la vida.
Doctora Romina Halbwirth, excusa

Las excusas son la razón fundamental de la inacción, son como cuchillos que utilizamos para pinchar los salvavidas que nos tiran los demás, las máscaras con las cuales nos ocultamos, las muletas sobre las que nos apoyamos.

Confiamos en las excusas para evitar los riesgos, para explicar el fracaso, para resistirnos a los cambios, para proteger nuestro amor propio. La excusa es una forma de decir: “No es culpa mía”.

Es curioso, pero la inteligencia no es una defensa contra las excusas. Las personas más brillantes no utilizan necesariamente sus altos coeficientes intelectuales para comprender y resolver sus malos hábitos emocionales. Sólo tienen más imaginación para buscar excusas que les sirvan para seguir con la antigua conducta.

Es cierto que no es fácil abandonar las cómodas coartadas. Cuando temes salir de la cama por la mañana, intentarás miles de razones por las cuales no puedes presentarte a esa entrevista de trabajo o comenzar a buscar un nuevo departamento. La inercia te mantiene en un mar de apatía. La fuerza de la gravedad emocional te obliga a permanecer allí.

Superar la inercia significa ir directamente en contra de tus sentimientos.
Significa que si te sentís rechazado, debes permanecer allí y arriesgarte a que te rechacen de nuevo. Si eres tímido, debes fingir ser más atrevido de lo que eres. Si te sientes impotente, necesitas actuar como si pudieras controlar tu vida. Todo esto es muy difícil.

Sin embargo, si podemos salvar el primer obstáculo y despertar de nuestro letargo, podemos invertir la gravedad emocional. Podemos hacer que funcione a nuestro favor y no en contra. Si nos obligamos, por muy deprimidos que estemos, a ir a una fiesta, es probable que en algún momento nos sorprendamos charlando animadamente y nos olvidemos de nuestra depresión. La sociabilidad desplaza a la tristeza. La mente no puede contener las dos actitudes a la vez, por lo menos no con la misma intensidad. Si nos obligamos a hacer un curso de navegación, o comenzamos a estudiar italiano para hacer un viaje el año próximo, o empezamos a pintar esa horrible cocina marrón, por lo menos durante algunas horas no tendremos tiempo para acordarnos de nuestra negatividad.

Comprometernos, involucrarnos, obligarnos: son los mejores remedios para combatir la parálisis emocional. La naturaleza nos creó para ser criaturas curiosas, inquietas, creativas. El estado de inercia no es el normal. Las excusas nos mantienen inertes. El truco para dejar de poner excusas consiste simplemente en dejar de ponerlas. En establecer un límite.

Dicen que el infierno está empedrado de buenas intenciones: las excusas son las piedras que cubren el pavimento.

Las excusan nos detienen, no nos dejan avanzar. Sin darnos cuenta empezamos a justificarnos, y de excusa en excusa estamos detenidos en la misma estación todo el tiempo. Y por las ventanillas la vida sigue. En cada estación existen momentos nuevos, diferentes, llenos de magia como así también otros que tal vez no nos gustan pero que forman parte de la vida. ¿Y nosotros?

Estamos en el tren de la vida, en el último vagón, no tenemos boleto y es por eso que el viaje no es tan lindo, ¿no vale la pena no?. Viajamos acostados y claro no tiene asientos ese vagón. Estamos encerrados, no se ve nada… y claro no tiene ventanillas y de pronto de excusa en excusa sentimos la sirena del tren que se marcha y ese vagón queda perdido en la vía y ahí en esa oscuridad estamos nosotros… de excusa en excusa seguimos detenidos en un lugar que es siempre el mismo.

…Y si decidimos dejar las excusas de lado y abandonamos ese vagón y corremos aunque nos duelan las piernas hasta la próxima estación, y sacamos el boleto, y nos subimos a ese tren, y nos sentamos cerca de la ventanilla, y giramos la cabeza y vemos que hay un mundo afuera que está esperando que nosotros formemos parte de él…

Vamos… escucho la sirena… en la próxima estación leé el cartel que te da la bienvenida… y detené tu mirada en aquel vagón que dejaste atrás. En él quedaron encerrados miles de momentos que ya no volverán: decile adiós porque algún día vas a comprender que de excusa en excusa se te va la vida.

Doctora Romina Halbwirth

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