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¡ONINGISA NGAI!




La foto está tomada en 1994 en el poblado de Ayod, en Sudán, en el llamado triángulo de la hambruna.

Kevin Carter, fotoperiodista sudafricano, esperó durante 20 minutos a que el buitre extendiera las alas para que la fuerza de la foto fuese mayor. Al ver que el buitre no hacía nada, y simplemente se quedaba parado mirando, tuvo que “conformarse” con la foto que le haría ganar el premio Pulitzer.


Después, abandonó el lugar y se sentó a llorar bajo un árbol. Cuando un rato después regresó al lugar donde había hecho la foto, la niña ya no estaba allí. Nunca se supo qué ocurrió con la niña.

Al recoger el premio Pulitzer unos meses después, en 1994, Carter declaró:
“Es la fotografía más importante de mi carrera pero no estoy orgulloso de ella, no quiero ni verla. La odio. Todavía estoy arrepentido de no haber ayudado a la niña”.

Cuatro meses después, Kevin Carter se quitó la vida.

¿Qué hubieseis hecho vosotros en el lugar de Carter? ¿Hubieseis hecho la foto? ¿No la hubieseis hecho, a pesar de que ese era vuestro trabajo allí? ¿Cómo hubieseis actuado y, sobretodo, cómo os hubieseis sentido al día siguiente…?

¡ Oningisa ngai !

No, no entendí tu voz…
Pero tu cuerpecito roto me pareció todo un grito, negro de blancura y llanto.
El hambre rindió tu paso;
y tu mínima letra de huesos sembró
en la tierra, por siempre,
el imponente horror de la tristeza.
Estabas sola tú,
a cuestas con tu muerte, clamando,
con tu cabecita hundida,
el oprobio de nuestro insolidario abandono.

“¿Por qué -te preguntabas- no eras tú una niña más de los niños felices del mundo?” …

“¿Por qué toda la ternura, por ti conocida,
se encerraba en la cerrada cuna de tu mano?” …

¿Acaso supiste, vez alguna, de otro calor
más que el de tu desierto estéril?

¿Qué humana palabra te hizo y te rompió después,
desnuda y piel tan sólo, ante la mirada ávida del buitre?

¡ Un silencio de horror como respuesta !

Ni tan siquiera los árboles, pródigos de verdor,
se apiadaron de ti, niña mía; ni te trazaron un sendero, ni dieron cobijo a tu soledad sin destino.

¡ No te me mueras, pequeña niña, todavía !

¡ Haz tu último esfuerzo de mirarnos !

¡ Vuelve, sobre el mundo, la herida de tu rostro !

Para que tu mirada de súplica nos avergüence siempre, y no podamos ya más cerrar los ojos
sin ver tu párvula lágrima deslizarse hasta la tierra.

¡ Siémbranos de piedad, dulce niña !

Porque …

¡ es todo tu mensaje de silencio ! … que quiere decir:

¡ Oningisa ngai !

En Lingala, quiere decir…


¡ “Ayúdame” !

¡ “Ayúdame” !

¡ “Ayúdame” !

… ¡ No, no entendí tu voz ! …

¡ Oningisa ngai !

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