12 de agosto de 2013

El príncipe y la hechicera




Recuerdo una historia que hablaba de un príncipe y una hechicera… 
Un día, ambos se encontraron en un cruce de caminos y se miraron a los ojos con simpatía. Esa primera mirada bastó para que sus corazones decidieran unirse.
Durante un tiempo, la hechicera residió en el castillo del príncipe, escuchando las hermosas melodías que éste interpretaba con sus finas y blancas manos.
Ella le preparaba sus pociones mágicas, danzaba para él mientras los rayos de la luna llena la iluminaban, y también le ofrecía sus sabios consejos.
Él comenzó a transmitirle sus conocimientos musicales mientras le hablaba de su reino, de la corte, de las blancas perlas, las brillantes coronas y los hermosos vestidos que usaban siempre las pálidas princesas…
La hechicera se daba cuenta del abismo que los separaba. Una noche, miró fijamente sus propias manos, fuertes y endurecidas de tanto arrancar plantas y escarbar la tierra en busca de raíces; miró sus pies morenos y resecos de bailar descalzos sobre el barro del bosque; miró sus ropas repletas de bolsillos donde escondía curiosos amuletos, piedras de extrañas formas y arrugados pétalos de rosa, y supo que era el momento de tomar una decisión.
Su corazón la invitó a abandonar el palacio, con la esperanza de que un día encontraría un gran mago, con el que compartir una humilde cabaña escondida entre árboles centenarios.
Pero el destino quiso llevarla hasta el hogar de un fabricante de alambiques, que estaba convencido de que sus artilugios sólo servían para destilar perfume y preparar sencillas medicinas.
Ella se quedó con él, convirtiendo el desván de aquél hombre en un crisol de mágicas pociones y fantásticos ungüentos que él no era capaz de apreciar, como tampoco era capaz de ver la magia en las manos y en los ojos de la extraña mujer que tomó por esposa.
Ella siguió practicando encantamientos un año tras otro.
Hace muy poco, él empezó a mostrar curiosidad y pidió que le dejase participar en la ceremonia que cada primavera se celebraba en el bosque, bajo la luna llena de tauro. Ella le recordó que la puerta del desván permanecía siempre abierta y le dijo que también estaría encantada de mostrarle todo lo que almacenaba en aquella habitación.
Nunca llegaría a ser un gran mago, pensó la hechicera, pero tampoco sentiría nunca el deseo de verla luciendo un sedoso vestido color rosa pálido.

No te puedo tener a mi lado le dijo el príncipe un día, una mujer cuya belleza sea celebrada aún por mis enemigos.
Sin embargo es evidente que tenemos un lazo especial : te quiero mucho, por favor quédate, te haré un lugar detrás del trono donde tu aspecto no me avergüence, podrás acompañarme y aconsejarme, porque tú eres mi cómplice y mi mejor amiga, pero yo tengo una imagen que cuidar.
La Bruja lo miró con honda tristeza, con el dolor de un ciervo que mira al cazador que lo hiere, sin entender el motivo que lo impulsa a lastimar a quién no le ha hecho más daño que existir.
Recogió sus últimas pertenencias y le dijo : el amor no humilla, pero tienes mucho camino que recorrer aún para comprenderlo.
Sé que no soy lo que esperabas, pero soy lo que necesitabas.
No supiste apreciar el regalo maravilloso de habernos encontrado y posiblemente nunca lo hagas: me iré y no volverás a pensar en mi, me desvaneceré de tu recuerdo antes de que el sol salga nuevamente ,acorde a la profundidad de tus afectos;estarás ocupado con tus torneos y admiradores, conquistando pálidas doncellas que necesiten ser salvadas .
Nunca derramarás una lágrima por mi, pero yo tengo suficientes para los dos, porque fuiste mi bosque y mi taza de té.
Te extrañaré el resto de mi vida y siempre lamentaré haber sido para ti la persona correcta, en el momento incorrecto.
Él no hizo nada por retenerla, ni siquiera la escuchó.

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