23 de agosto de 2012

Caminata



Sé que mi caminar tiene una dirección y un destino, por eso debo medir mis pasos, prestar atención en lo que hago y no en lo que hacen los que a mi lado también pasan, o por los cuales, a su lado paso yo.

Que no me engañe con el ánimo y el vigor de los primeros trechos, porque llegará el día en que mis pies no tendrán tanta fuerza, se herirán en el camino y se cansarán más rápido.

Que cuando esté cansado, no me desespere y crea que aún tendré fuerzas para continuar, principalmente cuando hubiera quien me auxilie.

Y que oportunamente, en mis sonrisas, me acuerde de que existen los que lloran, para que así mi risa no ofenda el dolor de los que sufren; por otro lado, cuando llegue mi turno de llorar, que no me deje dominar por la desesperanza, sino que entienda el sentido del sufrimiento, que me nivela, que me iguala, que vuelve iguales a todos los hombres.

Cuando tenga todo, equipaje, valor, agua en mis provisiones, ánimo en el corazón, botas en los pies y sombrero en la cabeza; para de esa forma, no temer al viento, al frío, a la lluvia y al tiempo. Que no me considere mejor que aquellos que se quedaron atrás, porque podría llegar el día en que no tenga nada más para mi viaje y aquellos que rebasé en el camino, me alcanzarán y también podrán hacer lo que yo hice o de hecho no hacer nada por mí, entonces, me quedaré en el camino sin concluirlo.

Cuando el día brille, que tenga deseos de ver la noche en que el camino será más fácil y más ameno; pero, cuando sea de noche y la oscuridad vuelva más difícil el arribo, que sepa esperar el día como aurora, el calor como bendición.

Que perciba que el caminar sólo puede ser más rápido, pero mucho más vacío…

Cuando tenga sed, que encuentre la fuente en el camino; cuando me pierda, que halle la indicación, la flecha, la dirección.

Que no siga a los que se desvían, pero que nadie se desvíe siguiendo mis pasos…

Que la prisa por llegar no me aparte de la alegría de ver las simples flores que están en la orilla del camino, que no perturbe la caminata de nadie, que entienda que seguir hace bien pero que, a veces, es necesario tener el valor de volver atrás y recomenzar tomando otra dirección.

Que no camine sin rumbo, que no me pierda en las encrucijadas, pero que no tema a los que me asalten, los que se enmascaren, que vaya a donde debo ir y, si cayera en medio del camino, que permanezca el recuerdo de mi caída para impedir que otros caigan en el mismo abismo.

Que llegue, sí, pero, aún más importante, que haga llegar a quien me pregunte, a quien me pida consejo y, sobre todo, ¡Que pueda seguir confiando en mí!

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