18 de septiembre de 2011

Séptima tarea: La indagación de los misterios



Todas empezamos con la pregunta "¿Qué soy yo realmente? ¿Cuál es mi trabajo aquí?". La Vida nos enseña que somos Vida/Muerte/Vida, que éste es nuestro ciclo, nuestra especial percepción de lo profundo femenino.

El Inconsciente Cognitivo

Diariamente nos vemos en la necesidad de decidir, ya sea en el ámbito social, económico, político y principalmente en lo personal. Desde el momento en que despertamos, debemos constantemente tomar decisiones, la mayoría de ellas inmediatamente pensadas, elaboradas y aplicadas, pues requieren un análisis simple y directo; sin embargo, no siempre es fácil adoptar la mejor alternativa y evitar las dificultades que se presentan para elegirlas.
En la actualidad existe cada vez más evidencia empírica de activación y desarrollo de representaciones mentales de información que nos pasa inadvertida: es lo que podríamos llamar el inconsciente cognitivo.
La mente humana, a nivel de su base física más directa, el cerebro, constituye un sistema cognitivo capaz de registrar, elaborar, almacenar, recuperar, utilizar y, en último término, verse afectado por gran cantidad y variedad de información, incluso de forma simultánea. Sin embargo, tenemos la impresión subjetiva de manejar sólo una pequeña fracción de esa información: aquélla de la que tomamos conciencia, después de haberla sometido a numerosas operaciones de elaboración y transformación. A este respecto, aunque se sabe que no solemos tener conciencia de las operaciones de cómputo y transformación a las que sometemos los elementos manejados en los procesos de percepción, aprendizaje, recuerdo, pensamiento, etc., se considera que sí somos conscientes de los productos de estos procesos. Es lo que podríamos llamar supuesto de correspondencia entre cognición y conciencia. Y eso no sólo es una impresión subjetiva personal. De algún modo también ha sido la posición dominante en la psicología científica. Tradicionalmente se ha considerado que los contenidos de los procesos cognitivos, al menos sus productos finales, acceden a la conciencia y, por tanto, a éste nivel no habría más contenidos cognitivos que los manejados de forma consciente.
Hoy en día podemos entender que hay una parte de nuestra mente que responde a la razón y otra que actúa por su cuenta. La mente consciente es la que necesita la intervención de la razón para tomar decisiones y llegar a conclusiones. La mente inconsciente se encarga de aquellas tareas que pueden realizarse sin necesidad de intervención consciente.Es cierto que numerosos pensadores y científicos, incluidos algunos psicólogos, vienen sosteniendo desde antiguo que no somos conscientes de todos los contenidos mentales activos, con incidencia en el comportamiento. Pero no será hasta finales del s. XX cuando la idea de cognición sin conciencia toma cuerpo a nivel científico. Hoy el supuesto de que la mente humana maneja bastante más información que la que accede a la conciencia es central en teoría cognitiva. Se asume con frecuencia la existencia de cognición inconsciente en los ámbitos de la percepción y la memoria, se considera que seguramente también se da en muchos procesos de aprendizaje, y se comienza a plantear incluso en el ámbito del pensamiento. Ahora bien, una cosa es asumir que no acceden a la conciencia buena parte de los contenidos manejados por la mente, y otra muy distinta demostrar su naturaleza genuinamente inconsciente.

Unas pinceladas sobre la conciencia

Es cierto que, el asunto de la conciencia resulta enormemente complejo y difícil de acotar. En el fondo sigue siendo una suerte de "agujero negro" casi insondable para la ciencia. Aun así, se puede asumir que tal atributo fenoménico humano no es un epifenómeno, funcionalmente inútil: surge como un recurso adaptativo en la evolución de la especie. En primer lugar, nos proporciona la dimensión subjetiva, por la que experimentamos directamente, "sentimos", muy diversos contenidos mentales (sensaciones, percepción de objetos y eventos, recuerdos, ideas, expectativas, sentimientos, deseos, decisiones...), sin necesidad de tener que inferirlos indirectamente, o de que nos los tenga que señalar otra persona, un experto, por ejemplo, a partir de nuestras re/acciones.
Por otra parte, la conciencia no se limita a recoger los resultados de "subir el volumen" a los contenidos inconscientes de la mente. Sus contenidos resultan de integrar y dar sentido a diferentes elementos informativos de niveles inferiores de procesamiento, con el objeto de hacerlos más funcionales. Tendemos a tomar conciencia de los eventos al nivel más elevado y operativo para la actividad prioritaria en curso. Por ejemplo, cuando leemos o escuchamos mensajes verbales muchas veces no tomamos conciencia de los detalles y rasgos sensoriales que los integran, a veces ni siquiera de las palabras concretas empleadas, sino que tendemos a abstraer y tomar conciencia de su contenido semántico, su significado, que suele ser lo funcional en estos casos. Sin embargo, un corrector de pruebas de imprenta seguramente toma conciencia no sólo de las palabras, sino también de las letras e incluso de los trazos y detalles gráficos que las integran, para verificar que no hay erratas, obviando, si acaso, el contenido semántico. Esto es lo funcional para él. En definitiva, el sistema cognitivo no es pasivo al representar a nivel subjetivo la información: la conciencia es constructiva e integradora.
También, se considera que su intervención es necesaria y determinante en aquellas situaciones para las que no disponemos de una respuesta rutinaria en nuestro repertorio. La conciencia es la base de las acciones deliberadas. Las personas sólo ponemos en marcha actuaciones de este tipo a partir de o con respecto a información manejada de forma consciente. La información procesada inconscientemente podrá desencadenar reacciones reflejas y automáticas, pero no acciones deliberadas dirigidas a (o por) esa información. La conciencia forma parte esencial del ejecutivo central y su sistema de control, que permite la actuación e inhibición selectivas, anticipar, simular y planificar mentalmente. La conciencia resulta, pues, funcional, y marca una diferencia, con frecuencia cualitativa e importante, respecto del funcionamiento del sistema a nivel inconsciente.
El sistema cognitivo tiene en este plano también peculiaridades "negativas" importantes. Entre ellas, destaca su gran limitación. La conciencia es muy limitada, tanto en términos de amplitud de aprehensión (cantidad de información que puede manejar a la vez) como de resolución temporal (tiempo que tarda en cristalizar una representación en la conciencia).
En lo que concierne a la primera limitación, se especula con la probabilidad de que la conciencia sea sustancialmente secuencial: con capacidad para manejar sólo una fuente de información en cada momento. De ahí que, por poner un ejemplo más radical que ecológico, en la estimulación dicóptica, en la que se presenta a la vez una imagen diferente en cada ojo, dando lugar a rivalidad binocular, tendemos a tomar conciencia sólo de la imagen aportada por uno de los ojos, preferentemente el dominante, aunque puedan llegar a alternarse ambas en un acceso sucesivo a la conciencia. En definitiva, aunque sólo accede a la conciencia una imagen, se registran las dos, además de otra mucha información que también se puede estar registrando en ese momento.
Por lo que respecta a la segunda limitación, a nivel consciente el sistema se caracteriza por una resolución temporal bastante lenta. Se calcula que la toma de conciencia de cualquier evento, por simple que sea, requiere del orden de un cuarto de segundo, cuando menos. Sin embargo, se ha estimado que el cerebro codifica la mayor parte de la información que recibe, incluso tratándose de patrones bastante complejos, como rostros humanos, en los primeros 100 milisegundos. A nivel de manejo subjetivo de representaciones fenoménicas las limitaciones del sistema humano de procesamiento de información resultan excepcionales.
Además, tales limitaciones determinan otra característica básica, peculiar de la conciencia: la tornan muy selectiva. El sistema cognitivo se ve obligado a operar a este nivel de modo especialmente restrictivo. Suele "tomar nota" expresa sólo de la información funcional relevante para la tarea prioritaria en curso, máxime si ésta no es automática. A este respecto, aunque sólo se puede tomar a título orientativo, se ha estimado que mientras el sistema cognitivo maneja en torno a once millones de bits de información por segundo, sólo toma conciencia de 50, como mucho. Todo ello permite que en el medio natural se den y en el laboratorio se puedan crear situaciones en las que los sentidos registran abundante información que no alcanza el plano subjetivo. Sin embargo, seguro que a nivel funcional no se pierde toda esa información, por cuanto parte es procesada por el sistema mental más allá de su mero registro sensorial: se trataría de cognición sin conciencia, que invalida el supuesto de correspondencia.

Inconsciente Cognitivo

A pesar de los prejuicios que se puedan tener con la idea del inconsciente, la verdad es que ni es mejor ni peor que la mente consciente, es simplemente distinta. Cuando aprendemos algo, primero somos conscientes de lo que hacemos, por ejemplo al conducir un coche, pero cuando llegamos a dominar la tarea se vuelve inconsciente, ya no tenemos que pensar en ella. La ventaja de la mente inconsciente es que toma las decisiones por reflejo, y en paralelo. Por una parte porque traduce lo que percibe a una sensación de manera automatica, sin necesidad de pensar, y por otra, porque puede intervenir por sí misma si considera que no necesita confirmarlo con tu mente consciente.
Así como el inconsciente se dedica a automatizar tareas mecánicas, también se encarga de decidir cómo reaccionar ante ciertos estímulos. Por ejemplo, mucho de lo que nos ocurre en las interacciones sociales está regido por el inconsciente. Lo que hay que entender es que el inconsciente trata de ayudarnos siempre como mejor puede, pero es un como un niño pequeño y se fija sólo en lo que entiende de manera inmediata. De manera que si empleamos mucho esfuerzo en algo, el inconsciente entenderá que se trata de algún propósito muy importante para nosotros. Si algo ocurre que nos hace sentir mal, el inconsciente querrá evitarlo la próxima vez. Aprender una habilidad es como aprender una conducta, se trata de hacer que el inconsciente sea capaz de encargarse de algo. Ya sea a realizar una tarea a base de repetir las acciones, o a reaccionar de otra manera en cierta situación a base de cambiar nuestras emociones. Una de las maneras que tiene el inconsciente de aprender es mediante el circuito estimulo-respuesta . Como el perro de Pavlov, nosotros también aprendemos a asociar un estimulo externo con una respuesta interna de manera inconsciente.Como ya es obvio a estas alturas, la noción de inconsciente manejada en la psicología científica actual se centra en sus contenidos cognoscitivos, frente a los afectivos y motivacionales enfatizados por la teoría dinámica freudiana. Freud planteó una noción de inconsciente integrado, principalmente, por deseos y sentimientos que, por generar angustia y resultar inaceptables, las personas mantienen fuera de la conciencia mediante diferentes mecanismos de defensa, como la represión. Pero, aun así, tales afectos continuarían operando de forma soterrada y, por tanto, siguirían psicológicamente activos. Desde este punto de vista, cabe hablar de inconsciente afectivo-motivacional, planteado como un supuesto a nivel clínico, más que científico. Por su parte, según la psicología experimental el sistema mental humano, debido a sus limitaciones, no tiene conocimiento consciente de muchos procesos y contenidos cognitivos que, pese a ello, siguen operativos y tienen incidencia psicológica mediante operaciones automáticas. Es lo que podríamos denominar inconsciente cognitivo, cuyo análisis históricamente comenzó en el ámbito de la percepción.

La percepción es un proceso multifásico complejo, en el que suele acceder a la conciencia únicamente su contenido o producto final. Cuando nuestros sentidos registran eventos estimulares, como pueden ser un cocodrilo, una fotografía de este animal o la palabra 'cocodrilo', la percepción de cada uno de esos estímulos conlleva numerosas operaciones de codificación de diferentes elementos informativos que, finalmente, integramos en un evento unitario, con significado: cocodrilo, en su forma natural o en alguna de las mencionadas representaciones codificadas. Es de estos objetos o eventos significativos de los que solemos tomar conciencia, sin que la tomemos necesariamente de los elementos informativos de bajo nivel (texturas, líneas, perfiles, sombras, colores, planos, formas, parámetros, etc.) que los integran, ni de las operaciones cognitivas por las que percibimos como y lo que percibimos.
Sin embargo, debido a los parámetros de los estímulos y de su entorno, a las limitaciones de la conciencia o a ciertas lesiones cerebrales, en ocasiones ni siquiera acceden al plano fenoménico los productos finales de los procesos perceptivos, aún cuando algunos estímulos pueden ser procesados hasta un nivel significativo y profundo. En este caso hablamos de percepción inconsciente, que podemos definir como el registro de estímulos que, pese a que pasan inadvertidos, activan la representación mental de la información ligada a ellos almacenada en el sistema de conocimiento, con los correspondientes efectos psicológicos.

Cuando acumular información significa saber menos

Según un nuevo estudio, cuando llega el momento de las decisiones complejas es mejor dejar funcionar a la mente inconsciente, parece que pensar y repensar en los problemas podría llevar a cometer errores graves.
Antes de la decisión está la realidad sobre la que decidirse. La razón es posterior a la experimentación. Hoy en día, especialmente, entre la fenomenología, el suceso, y la decisión, se entrometen miríadas de datos que, en principio, parecen estar ahí para ayudarnos a ver los hechos mejor. Al menos esa es la premisa de la que partimos. Pero, en realidad, lo que está ocurriendo constantemente es que la densidad de la información que nos abruma distorsiona nuestra aprehensión de los fenómenos y obnubila de un modo trágico nuestro razonamiento alrededor de ellos. Aún peor: la información por sí misma se acaba convirtiendo demasiadas veces en la única realidad.
La investigación sugiere que deberíamos confiar en la mente consciente solo para decisiones sencillas, como hacer la lista de la compra. Consultar con la almohada las decisiones muy importantes para nuestra vida, como cambiar de trabajo o mudarse de ciudad, conducirá probablemente a un resultado que dejará más satisfecho a quien así lo haga, que a quien sopese conscientemente los pros y los contras del problema. Pensar duramente en una decisión compleja que depende de múltiples factores parece engatusar a la mente consciente, de modo que la gente solo considera un subconjunto de la información que han sopesado inapropiadamente, lo cual da como resultado una decisión insatisfactoria. En cambio, la mente inconsciente parece ser capaz de ponderar el total de la información y producir una decisión que dejará satisfecha a la mayoría de las personas. Sin embargo, para que la mente inconsciente sea más aguda y funcional, necesita instrucción, adiestramiento o ejercicio, como por ejemplo resolver una serie de rompecabezas, crucigramas, problemas de aritmética, etc..., así como motivación y expectación.

“En algún momento de nuestra evolución, comenzamos a tomar decisiones conscientemente,
y no somos demasiado buenos en eso.
Deberíamos aprender a dejar que nuestro inconsciente manejara las cosas complicadas”.

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