13 de noviembre de 2010


EL MUNDO QUE YO CREO

Albert Einstein

¡Qué extraña suerte la de nosotros mortales! Estamos aquí por un

breve período, no sabemos con qué propósito, aunque a veces creemos

percibirlo, pero no hace falta reflexionar mucho para saber, en contacto

con la realidad cotidiana, que uno existe para otras personas: en primer

lugar para aquellos de cuyas sonrisas y de cuyo bienestar depende

totalmente nuestra propia felicidad, y luego, para los muchos, para

nosotros desconocidos, a cuyos destinos estamos ligados por lazos de

afinidad.

Me recuerdo a mí mismo cien veces al día, que mi vida interior y mi

vida exterior se apoyan en los trabajos de otros hombres, vivos y

muertos, y que debo esforzarme para dar en la misma medida en que he

recibido y aún sigo recibiendo. Me atrae profundamente la vida frugal y

suelo tener la agobiante certeza de que acaparo una cuantía indebida del

trabajo de mis semejantes. Las diferencias de clase me parecen

injustificadas y, en último término, basadas en la fuerza. Creo también

que es bueno para todos, física y mentalmente, llevar una vida sencilla y

modesta. No creo en absoluto en la libertad humana en el sentido

filosófico.

Todos actuamos no sólo bajo presión externa, sino también en

función de la necesidad interna. La frase de Schopenhauer: “Un hombre

puede hacer lo que quiera, pero no querer lo que quiera”, ha sido para mí,

desde mi juventud, una auténtica inspiración. Ha sido un constante

consuelo en las penalidades de la vida, de la mía, de las de los demás y

un manantial inagotable de tolerancia. El comprender esto mitiga, por

suerte, este sentido de la responsabilidad que fácilmente puede llegar a

ser paralizante, y nos impide tomarnos a nosotros y tomar a los demás

excesivamente en serio; conduce a un enfoque de la vida que, en

concreto, da al humor el puesto que se merece.

Siempre me ha parecido absurdo, desde un punto de vista objetivo,

buscar el significado o el objeto de nuestra propia existencia o de la de

todas las criaturas, y sin embargo, todos tenemos ciertos ideales que

determinan la dirección de nuestros esfuerzos y nuestros juicios. En tal

sentido nunca he perseguido la comodidad y la felicidad como fines en sí

mismos, llamo a este planteamiento ético “el ideal de la pocilga”.

Los ideales que han iluminado mi camino y me han proporcionado

una y otra vez nuevo valor para afrontar la vida alegremente, han sido:

belleza, bondad y verdad. Sin un sentimiento de comunidad con hombres

de mentalidad similar, sin ocuparme del mundo objetivo, sin el eterno

inalcanzable de las tareas del arte y de la ciencia, la vida me habría

parecido vacía. Los objetivos triviales de los esfuerzos humanos

(posesiones, éxito público, lujo) me han parecido despreciables.

Mi profundo sentido de la justicia social y de la responsabilidad

social han contrastado siempre, curiosamente, con mi notoria falta de

necesidad de un contacto directo con otros seres humanos y otras

comunidades humanas. Soy en verdad un “viajero solitario” y jamás he

pertenecido a mi país, a mi casa, a mis amigos, ni siquiera a mi familia

inmediata, con todo mi corazón. Frente a todos estos lazos, jamás he

perdido el sentido de la distancia y una cierta necesidad de estar solo...

sentimientos que crecen con los años.

Uno toma clara conciencia, aunque sin lamentarlo, de los límites del

entendimiento y la armonía con otras personas. No hay duda de que con

esto uno pierde parte de su inocencia y de su tranquilidad; por otra parte,

gana una gran independencia respecto a las opiniones, los hábitos y los

juicios de sus semejantes y evita la tentación de apoyar su equilibrio

interno en tan seguros cimientos.

Mi ideal político es la democracia. Que se respete a cada hombre

como individuo y que no se convierta a ninguno de ellos en ídolo. Tengo

plena conciencia de que para que una sociedad pueda lograr sus

objetivos, es necesario que haya alguien que piensa, dirija y asuma en

términos generales, la responsabilidad. Pero el dirigente no debe

imponerse mediante la fuerza, sino que los hombres deben poder elegir a

su dirigente. Soy de la opinión que un sistema autocrático de coerción

degenera muy pronto. La fuerza atrae siempre a hombres de escasa

moralidad y considero regla invariable el que a los tiranos de talento

sucedan siempre pícaros y truhanes.

Lo que es realmente valioso en el espectáculo de la vida humana no

es, en mi opinión, el estado político, sino el individuo sensible y creador;

sólo eso crea lo noble y lo sublime, mientras que el rebaño en cuanto tal,

se mantiene torpe en el pensamiento y torpe en el sentimiento.

La experiencia más hermosa que tenemos a nuestro alcance es el

misterio. Es la emoción fundamental que está en la cuna del verdadero

arte y de la verdadera ciencia. El que no la conozca y no pueda ya

admirarse, asombrarse ni maravillarse, está como muerto y tiene los ojos

nublados.

Fue la experiencia del misterio (aunque mezclada con el miedo) la

que engendro la religión. La certeza de que existe algo que no podemos

alcanzar, nuestra percepción de la razón más profunda y la belleza más

deslumbradora, a la que nuestras mentes sólo pueden acceder en sus

formas más toscas, son esta certeza y esta emoción las que constituyen la

auténtica religiosidad. En este sentido y sólo en éste, es en el que soy un

hombre profundamente religioso. No puedo imaginar a un dios que

recompense y castigue a sus criaturas o que tenga una voluntad parecida

a la que experimentamos dentro de nosotros mismos, ni puedo ni querría

imaginar que el individuo sobreviva a su muerte física. Yo me doy por

satisfecho con el misterio de la eternidad de la vida y con la conciencia

de un vislumbre de la estructura maravillosa del mundo real, junto con el

esfuerzo decidido por abarcar una parte, aunque sea muy pequeña, de la

razón que se manifiesta en la naturaleza.


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