5 de julio de 2006

los locos....



Los locos siempre demuestran una sabiduría sutil, y los sabios siempre se comportan como locos. Antiguamente, todos los grandes emperadores siempre tenían un bufón en la corte. También tenían a hombres muy sabios, consejeros, ministros y primeros ministros, pero siempre tenían un loco.

¿Por qué? Porque hay cosas que los llamados hombres sabios no pueden entender, que sólo un loco puede entender, porque los supuestos sabios son tan necios que su astucia y su inteligencia les cierran la mente. Un loco es simple, y era necesario porque muchas veces los supuestos sabios no decían las cosas al emperador por miedo. Un loco no teme a nadie, hablará sin importarle las consecuencias.

Así es como actúa un loco: de manera simple, sin pensar en los resultados. Un hombre inteligente siempre piensa en los resultados antes de actuar. En primer lugar piensa y luego actúa. El loco actúa sin pensárselo antes.

Cuando alguien alcanza la realización última, no es como vuestros sabios. No puede ser como ellos. Puede que sea como vuestros locos, pero no puede ser como vuestros sabios.

Cuando San Francisco se iluminó, solía llamarse a sí mismo «el loco de Dios». El papa era un hombre sabio y, cuando San Francisco fue a verlo, incluso él pensó que aquel hombre se había vuelto loco. El papa era un hombre inteligente, calculador, listo; ¿de qué otro modo podría haber llegado a papa? Para hacerse papa uno tiene que hacer mucha política. Para hacerse papa uno necesita ser diplomático, hace falta competir y desbancar a los demás, usarlos como escaleras y luego dejarlos de lado.

Es política... porque un papa es un líder político. La religión es algo secundario, a veces ni siquiera está presente. ¿Cómo puede un hombre religioso luchar y mostrarse agresivo para conseguir un puesto? Sólo son políticos.

San Francisco vino a ver al papa y el papa pensó que aquel hombre estaba loco. Pero los árboles, los pájaros y los peces pensaban de otro modo. Cuando San Francisco iba al río, los peces daban saltos de alegría para celebrar su venida. Miles de personas fueron testigos de este fenómeno: millones de peces saltaban simultáneamente; el río entero se llenaba de peces saltarines. San Francisco había venido y los peces se sentían felices. Y los pájaros le seguían donde quiera que iba; iban a posarse en sus piernas, en su cuerpo, en su regazo. Entendían a este loco mejor que el papa. Incluso los árboles que se habían secado y estaban a punto de morir reverdecían y volvían a florecer cuando se acercaba San Francisco. Los árboles entendían bien que aquel loco no era un loco ordinario: era el loco de Dios.

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